Sentir dolor es inevitable, sufrir es opcional…

Desde mi punto de vista, el dolor y el placer son condiciones que sirven para determinar el bien y el mal, los mecanismos corporales acumulan necesidad y descargan placer. Se puede decir que el placer es el resultado de satisfacer una necesidad, cualquier necesidad no saciada aumenta en ansiedad de deseo hasta sentir dolor. Es curioso que reír intensamente por mucho tiempo causa dolor en las mejillas y detrás de la cabeza, como todo, tiene su punto de exceso, así podemos decir que el placer en exceso causa dolor por que se sobre satisface una necesidad, pero, ¿Cuándo el dolor nos causa placer? Sucede que, el ser humano se acostumbra tanto al dolor que puede llegar a parecer normal y a veces hasta placentero, de manera que incurre en ciertos actos para provocarlo y es comúnmente llamado masoquista, pero no malinterpreten la palabra, no se trata de que alguien use cuero, látigo y antifaz, se trata más de el reconocimiento de la autoridad y de la sujeción a la misma, obediencia sin paliativos, aceptación activa del orden impuesto y de los métodos de castigo utilizados para mantenerlo, cooperación en los mecanismos represivos, algo parecido a la mediocridad, en todo caso, el masoquismo es igualmente una característica de la naturaleza humana que no se halla en otras especies. Desgraciadamente captamos más fácil el dolor que el placer, como ejemplo podría decir que, haciendo una analogía un tanto pícara, hay un momento que podríamos ubicar justo después del sexo, tan próximo que aún se confunde con él, cuando las últimas oleadas del orgasmo ya se retiran, cuando van cediendo los temblores, las convulsiones y los jadeos para convertirse de a poco en suaves cosquillas y respiraciones pausadas, y entonces haces un movimiento que no sabes dónde lo aprendiste porque nadie te lo ha enseñado y sin embargo siempre te salió perfecto, como paso de baile, como una coreografía que te lleva en un único y gracioso desplazamiento de cualquier posición a estar recostado de espaldas, arrastrándola a ella de modo que queda cruzada sobre tu torso, su pierna izquierda entre las tuyas, los pubis unidos, todo su peso apoyado sobre tu pecho, su cabeza apenas a la derecha de la tuya, los dos respirando el cálido aliento compartido y te das cuenta de que es la situación, la posición, el instante perfecto en que cada protuberancia coincide con su oquedad, que no tienes hambre, frío, sed ni sueño y de golpe sabes que es precisamente este el momento en el que el universo debería detenerse, o por lo menos terminarse, por que es esto, no más ni menos, todo lo que tu cuerpo ansía cada instante de tu vida, y entonces sonríes de nuevo y te quedas inmóvil, flotando sin rumbo en este charco de placer transpirado que te envuelve, pero al cabo de un par de minutos no puedes evitar moverte, rodar sobre ti mismo desacoplando los sexos, quizás incluso te das vuelta o te sientas, o enciendes un cigarrillo o, ¿Qué sé yo? De pronto vuelves a tomar plena conciencia de que estás en un colchón con sabanas, en una cama en medio de un mundo que hace segundo solo recordabas vagamente y ahí es cuando te pones a pensar si no será que los seres humanos están más preparados para resistir la persistencia del dolor y no la del placer…

Triste ironía…

Largos días y gratas noches…

“El bien y el mal viven en mi”

-Alucard

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